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Carta al rey

SEÑOR:
Me he tomado la libertad de enviarle, con la esperanza de que algún día pueda leerlo, mi último Testimonio escrito, proyecto de un nuevo libro sobre la trágica muerte de mi único y querido hijo Arturo y la gran injusticia judicial recibida, así como un ejemplar del libro que hace años escribí titulado “Arturo”, y subtitulado, “Una muerte en manos de los médicos Benjamín Guix Melcior y Enrique Rubio García”; libro que tuvo una gran repercusión, y se encuentra en distintas Bibliotecas de nuestro país.

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El hecho de dirigirme a Usted, no es para pedirle atención para mí, no, es para pedirle que, cuando Usted, al igual que hizo su Señor Padre, el Rey D, Juan Carlos I, durante los años de su Reinado, Presidir la “APERTURA DEL AÑO JUDICIAL”, en el que se resaltan los supuestos valores de nuestra “Justicia”, la gran labor judicial como sinónimo del máximo respeto hacia los Derechos Humanos, y en el que se nos repite hasta la saciedad aquello de que, “la justicia es igual para todos”, piense que, Usted, está Presidiendo una gran farsa, porque, no es cierto que la justicia sea igual para todos y porque es falso que en nuestro país se respeten los Derechos Humanos, al contrario, cuando uno se ve en la triste necesidad de tener que recurrir a la justicia, en la mayoría de los casos, comprueba que sus derechos son violados y pisoteados de forma cínica y cruel por parte de quienes tienen el deber de defenderlos: los jueces. No quiero decir que no haya jueces honestos, pero es que son muy pocos y, además, callan ante grandes injusticias judiciales por no perder su posición. Es mejor estar callado porque de lo contrario también pueden tener problemas.

Se puede creer que quien escribe es una persona dolida porque ha tenido que recurrir a la justicia y no ha ganado el juicio que creía que debía ganar. Sobre este hecho ya he escrito mucho en mis múltiples “Testimonios”: “Sabemos que en los juicios unos ganan y otros pierden, no todos podemos tener la razón y esto hemos de aceptarlo aunque nos pese; hemos de aceptar, también, que los jueces no siempre disponen de suficientes pruebas para poder dictar sentencias con total seguridad, o incluso pueden encontrarse con algunos Artículos del Código Penal o Civil tan enrevesados o también con los “interpretativos”, más, la mala defensa de la víctima por parte de sus abogados, que no les permita, por más honestos que sean, dictar sentencias mínimamente justas”. Pero, cuando las leyes o los Artículos del Código Penal o Civil, son claros, cuando no ofrecen dudas, cuando las pruebas aportadas demuestran la culpabilidad sin paliativo alguno del agresor o agresores, incluso, cuando los acusados en sus declaraciones confiesan lo que es motivo de condena, si ante estas evidencias los jueces no solamente las ignoran sino que incluso contradicen las declaraciones de los propios acusados que les pueden llevar a la cárcel actuando como si sus abogados defensores fueran; cuando los jueces por intereses propios o ajenos ignoran los hechos e inventan otros que nada tienen que ver con la realidad para así evitar la cárcel a los culpables, cuando estas actuaciones están protegidas por los Tribunales Superiores, e incluso te intentan intimidar cuando las denuncias, diciéndote que “con tus actuaciones puedes incurrir en el fraude de la ley” cuando estas ejerciendo tus derechos, Señor, como le he dicho al principio, la justicia, tal como la entienden jueces y políticos, es una falsedad, una burla al ciudadano que confía en ella y un desprecio a las leyes, que las hay y buenas, que protegen nuestros derechos, nuestra salud y nuestra vida.

Le podría contar un sinfín de sentencias injustas, o mejor dicho, de “abusos de poder” que ejercen los jueces a la hora de juzgar, pero como compendio de esos abusos, y aunque, Usted, lo tiene detallado en el libro y Testimonio adjunto, para su mayor facilidad en la lectura, le relataré de la forma más breve posible ese compendio de falsedades e inmoralidades que han utilizado los jueces a la hora de juzgar el caso de mi hijo, uno de los mayores casos de injusticia médico-judicial: Un caso que ha traspasado fronteras y ha impactado, incluso, a una buena parte del colectivo médico de distintos países del mundo. Una salvajada tanto médica como judicial como ha sido calificado el caso de mi hijo y comparado, repetidamente, con las atrocidades que cometieron los experimentadores médicos, llamados “médicos del infierno”, en la época de la Alemania Nazi.

Usted es padre y sabe cómo se quiere a los hijos; le explicaré, tampoco le va a llevar tanto tiempo leer este escrito, otra cosa es el libro de más de 700 páginas.

Verá: Yo tenía un hijo llamado Arturo, mi único y querido hijo: un muchacho encantador, buena persona, honesta, cariñosa, generosa…, todo lo que unos padres pueden desear de un hijo, pero un día, no sabemos el porqué, cuando tenía 19 años, se le desarrolló un problema psicológico, una neurosis obsesiva, que él mismo se diagnosticó estando acertado en su diagnóstico. Confiando siempre en los adelantos que nos ofrece la ciencia médica y con su filosofía de vida de que, “si uno tiene un problema y una posible solución a mano es absurdo no aprovecharla”, buscó una solución a su problema y se puso en manos de un psicólogo quien confirmó que el diagnóstico que mi hijo se hizo de sí mismo, estaba acertado.

Quizás todo se hubiera resuelto sin problemas, pero desgraciadamente, mi querido esposo, padre de Arturo, falleció repentinamente a causa de un infarto de miocardio. Fue un duro golpe para la familia. No obstante mi hijo, que adoraba a su padre, aguantó ayudándome en el negocio y en todo lo que hiciera falta, pero su psicólogo le recomendó que visitara a un psiquiatra, pues entró en una digamos depresión aunque él intentaba disimularlo. Mi hijo, enemigo de tomar “pastillas”, al final aceptó. Pero, mi hijo hizo algo impensable en una persona como él, fuerte, con una salud de hierro y valiente: dos intentos de autolisis, que, aunque fueron de escaso o de ningún riesgo como dijo su psiquiatra, nos dieron un gran susto como es de suponer. Él, dándose cuenta de que aquello a nada conducía, prometió que nunca más volvería a intentar un absurdo como aquel: y, mi hijo cumplió su promesa.

Siguió con su psiquiatra, el único que tuvo – es falso lo que quiere hacer creer el juez José María Assalit Vives, el primero que juzgó el caso, de que mi hijo fue tratado por otros psiquiatras -, el único que tuvo fue el doctor Ros Montalbán al que llegó a apreciar mucho como el doctor a él. Y, llegó el tiempo de cumplir con el Servicio Militar: Enemigo de las armas de fuego o de cualquier otro tipo de arma, solicitó entrar en la Banda de música. Él, estudiaba la carrera de música, de piano para ser concertista pues tenía dotes especiales para ello, pero como en el ejército necesitaban conductores y Arturo conducía muy bien, lo destinaron a lo que llamaban “caballería”: fue conductor de un vehículo tipo tanque todo el tiempo en que duro el servicio. El servicio lo realizo en Ceuta, terminando con todo el tiempo establecido, con una hoja perfecta de servicio pasando a la reserva. Es importante tener en cuenta esta cuestión por lo que dirá después el juez Assalit Vives en su sentencia y en su cadena de errores y falsedades.

Cuando mi hijo regresa de cumplir con el Servicio Militar, en su necesidad de solucionar su problema, le pregunta a su psiquiatra, si no hay alguna cosa más a parte de las pastillas y curas de sueño que le pueda solucionar definitivamente su problema y no tener que estar perdiendo el tiempo con tantos absurdos. Por primera vez, su psiquiatra, le habla de la técnica que utiliza el doctor Juan Antonio Burzaco – una eminencia mundial – en Madrid a base de “radiofrecuencia”; no obstante, su psiquiatra, le dice que espere, que no tenga prisa, pero mi hijo quiere probar, pero también se lo sacan de la cabeza sus amigos en especial uno que es médico y padece una neurosis como la de mi hijo; entre unos y otros lo deja correr. Una muy mala decisión, porque si mi hijo se hubiera puesto en manos del doctor Burzaco, “estaría vivo y sería un muchacho feliz” como dijo la señora Fiscal en el juicio que se celebraría unos años después. Pero lo dejó correr. Siguió tratándose con su psiquiatra, haciendo todo lo que él le indicaba, y también estudiando, ayudando en el negocio, haciendo algún que otro viaje… Nuestra vida, a pesar de la falta de su padre, mi querido esposo, seguía lo mejor que podíamos. Pero…

Pero, un día, desgraciado día para mi hijo, ya que lo llevaría a la muerte, yo encuentro a un amigo que hablando de la familia me pregunta por mi hijo. Le digo que, con sus más y sus menos, pero como que es un muchacho luchador, él no se rinde. Sigue en la confianza de que algún día saldrá alguna cosa para solucionar su tipo de problema. Entonces, mi amigo, con toda la buena fe del mundo, no lo he dudado nunca, me habla de un amigo suyo médico, que trabaja en el Hospital del Valle de Hebrón y que pertenece a un equipo muy bueno en estos temas. Si quiero puede concertarnos una entrevista con su amigo para que nos explique lo que realmente allí hacen por si nos puede interesar. Le digo que lo tengo que consultar con mi hijo, porque es él quien tiene que decidir. Cuando llego a casa le cuento a mi hijo el encuentro que he tenido, y él, que ya había abandonado la idea de probar con cosas que no fueran las tradicionales, se le despierta el interés, y como que no nos tenemos que desplazar fuera de Barcelona, sólo por curiosidad, vamos a ver al amigo de mi amigo, doctor Pedro Nogués, que así se llamaba. Vamos sólo por curiosidad.

AQUÍ EMPEZÓ TODO:
Mi hijo tenía entonces veinticinco años, y el doctor unos treinta. Al ir recomendados por mi amigo y siendo jóvenes los dos, se estableció una corriente de amistad, tuteándose como si se conocieran de años. Aquí la conversación es larga pero la sintetizaré al máximo: Le decimos que vamos a informarnos de lo que allí hacen, y el doctor, de forma rápida, nos empieza a explicar las excelencias de la operación ya que de una operación a cráneo abierto se trata – con bisturí cortante, resalto este punto por lo que inventarán después los abogados de los acusados. Mi hijo ante este tipo de operación pone todas las pegas del mundo, pero no sabes nunca como se lo hacen los médicos, que al final siempre acaban convenciéndote.

Pero, para llevar a cabo este tipo de intervención, se requieren dos requisitos indispensables: Uno, que el cerebro de Arturo esté sano, perfecto: El cerebro de Arturo está sano, perfecto como lo demuestra el TAC cerebral realizado en la Clínica Quirón a instancia del propio doctor Nogués. El otro, que sería conveniente la opinión de otro psiquiatra. Decimos que no hay ningún problema y si en el hospital hay alguno que nos quiera atender que a nosotros ya nos va bien. Nos recibe en su consulta particular el psiquiatra del Hospital del Valle de Hebrón.

Síntesis de la conversación de Arturo con el psiquiatra del Hospital del Valle de Hebrón, doctor Gallart:

Arturo-. “¿Usted cree que lo que me ofrecen en el Hospital del Valle de Hebrón me puede ir bien?”

Doctor-. “Sí. Te puede ir bien”

Arturo-. “Pero, ¿usted no cree que con el tiempo pueden abrirse nuevas vías y volver las obsesiones?”

Doctor-. “Puede ser pero nunca serán tan fuertes”.

Arturo -. “¿Usted cree que vale la pena pasar por una operación para volver a lo mismo aunque no sea tan fuerte?”.

Después de unas cuantas preguntas más por parte de Arturo y mías, el doctor termina diciéndole a mi hijo: “Mira, chico, si te lo quieres hacer te lo haces y si no, no te lo hagas; el mundo está llenos de personas con neurosis obsesiva y no pasa nada”.

En algunos medios de comunicación salió la noticia de que, “debido a los intentos de suicidio, un equipo de psiquiatras del Hospital del Valle de Hebrón recomendó la radioterapia”. El doctor Gallart fue el “equipo” y con él no hablamos de la radioterapia porque el cambio de planes todavía no se había producido, y con él nada se habló de los intento s porque éstos ya habían pasado a la historia.

Es importante, Señor, toda esta información para que uno se pueda dar cuenta de las invenciones y barbaridades que esgrimen los jueces en sus sentencias para proteger “ellos” sabrán que cosas y así poder dejar a las víctimas en una total indefensión.

Naturalmente, mi hijo salió un poco confuso de la entrevista con el doctor Gallart, pero confiando en el amigo del amigo de su madre – ¡pobre hijo mío! -, y creyendo que no le engañaría, se decide y volvemos con el doctor Pedro Nogués como habíamos quedado. Pero antes, también, hemos de entrevistarnos con el doctor Enrique Rubio García, Jefe de Servicio de Neurocirugía del mismo Hospital del Valle de Hebrón porque, según el doctor Nogués, era el doctor Rubio, quien tenía que dar el “visto bueno”. Nos recibe en su despacho del mismo hospital y nos canta las mismas “excelencias” de la operación que nos había cantado el doctor Nogués, extendiéndose, incluso, en explicarnos las dificultades que habían tenido al principio, pero diciendo que ya estaban solucionadas y podía operarse con total tranquilidad. Mi hijo, pobre, con la seguridad que quería tener de que no pudiera surgir algún imprevisto, hacia las mil y una preguntas, Yo, ante tanta inasistencia, le decía que, ellos eran los médicos los que sabían. Mi hijo, con toda la razón del mundo, me decía: “Sí, mamá, ya lo sé. Ellos son los médicos, los que saben, pero se trata de mi salud y de mi vida, he de estar muy seguro de lo que van a hacer y del resultado que pueda obtener; tocar el cerebro no es como extirpar una apendicitis”. Pero el doctor insistía en que no podía correr ningún riesgo. Nos estaba engañando miserablemente como se verá a continuación. Volvemos a la consulta del doctor Nogués.

SEGUNDA Y ÚLTIMA ENTREVISTA CON EL DOCTOR NOGUÉS:
Ese día, teníamos que señalar el día y hora de la intervención e ir yo a arreglar los papeles de la Seguridad Social, ya que esta intervención la cubría la Seguridad Social.

Mi hijo, pregunta una vez más e insistiendo mucho al doctor Nogués: “Estáis bien seguros de lo que vais a hacer. No debéis de olvidar que yo vengo a curar una neurosis obsesiva y no a buscar lo que no tengo”. Ante la insistencia de mi hijo, al final, el doctor Nogués, ante nuestro asombro, nos dice titubeando: “Que…, nos tiene que decir algo: Que sí, que existe un tres por ciento de riesgo de poderse quedar imposibilitado y un uno por ciento de riesgo de muerte”. Ante esta nueva información, nos quedamos aterrados, le recriminamos el que nos hubiera estado engañando durante todo este tiempo, le decimos que aquello no nos interesaba de ninguna de las maneras, incluso, le decimos que aquellos supuestos “tratamientos” deberían de estar prohibidos para tratar problemas psicológicos, y nos despedimos. Hecho que el doctor Nogués, en su declaración en la vista oral del juicio, no negó, declaró: que Arturo no quiso aceptar el riesgo

No quisiera alargarme en otros hechos que no fueran los necesarios, porque todo está explicado en la información que le adjunto, pero es tan asombroso todo, y todo lo que envuelve a esta gente es tan sucio que cualquier hecho tiene una gran relevancia. Por ejemplo: Mi hijo le pregunta al doctor, cómo podía ser que estando una persona sana, por el hecho de tratar un problema psicológico pudiera morir. El doctor le explica que, “puede pasar que, entretanto el médico está operando le pueda venir un temblor del pulso y tocar lo que no debe, entonces es cuando se puede producir una hemorragia que si es leve no pasa nada, pero si es abundante, puede producir la muerte”. Pero lo más extraño es que, después de explicarnos esto, y de nosotros ya despedirnos, le llaman por teléfono. Coge el auricular, habla, cuelga y dirigiéndose a mi hijo le dice: “Ves, lo que te decía: ahora, a un muchacho que tiene lo mismo que tú, le están operando y se ha producido una hemorragia. Esperen que enseguida vuelvo”. Ante todo aquello tan extraño, le digo a mi hijo que nos vayamos, ya nos habíamos despedido por lo tanto no hacía falta esperarlo, pero mi hijo, con su bendita educación, me dice, que le esperemos, que no se vaya a pensar que somos unos mal educados, y sobre todo, que no hagamos quedar mal a mi amigo que tanto se había preocupado por nosotros. Y…, desgra-ciadamente, le esperamos para despedirnos de nuevo. Cuando regresa el doctor, mi hijo le pregunta lo que será del muchacho. Parecía que al doctor no le importaba demasiado lo suerte que pudiera correr. Le contestó diciendo, que ya se lo diría la próxima vez que se vieran. Le recuerdo que no habría una próxima vez, que si no recordaba que no nos interesaba nada de lo que nos había dicho, y, nos despedimos otra vez. Pero…

Pero, estando cruzando el umbral de su despacho, el doctor nos dice: “¡Esperen! ¡No se vayan!”, y dirigiéndose a mi hijo: “¡Espera, Arturo, no te vayas! Puedo proponerte una cosa que te puede ir muy bien y te puedo asegurar que no correrás ningún riesgo. Lo que ocurre es que no lo cubre la Seguridad Social, se realiza en una clínica privada, la DEXEUX. Puede venir a costarte unas trescientas mil pesetas, pero vale la pena probar. Estarás ingresado de veinte a treinta minutos pudiendo regresar a casa de inmediato y seguir con tu vida habitual. Lo peor que te puede pasar es que te quedes como estás, pero vale la pena probar”, repitió. Todo esto dicho con tanta seguridad y sabiendo que mi hijo no iba a aceptar ningún tipo de riesgo ni por más mínimo que éste fuera, nos resulta atractivo y volvemos a sentarnos para que nos explique de que se trata. Nos cuenta que se trata de un tratamiento a base de rayos gamma que se aplica con mucho éxito en el Hospital Karolinska de Suecia y poco más, pero mi hijo vuelve con las mil y una pregunta, y además le pide al doctor que le dibuje el esquema de un cerebro para que le explique con detalle como entran los rayos en el cerebro y realizan estos su función. El doctor se lo dibuja y, bien…todo muy bien, según el doctor. Mi hijo, con sus dudas, le dice: “Me estás proponiendo un tratamiento relativamente nuevo. ¿Sabes que puede pasarme cuando tenga cuarenta o cincuenta año? Ya sabes que con los rayos nunca se sabe”. El doctor le dice que tiene razón pero que se han hecho los suficiente ensayos y tratado a suficientes pacientes para poderle asegurar que no puede correr ningún riesgo y si conseguir grandes ventajas. En este caso los rayos resultaban curativos o inocuos”. Aunque puede parecer que nada puede ser seguro cuando se trata de tocar el cerebro, no sabes cómo se lo hacen los médicos, que al final, como ya he comentado, siempre, siempre, logran convencerte. Juegan con la necesidad de la persona, la buena fe y utilizan el Abuso de confianza como nadie. El doctor le insiste que lo único que le puede pasar es que se quede como está, y, esto fue lo único que mi hijo aceptó: quedarse como estaba. El doctor Nogués nos da un papel de presentación para entregar al doctor Guix en su despacho de la Clínica DEXEUS. EL nombre de la clínica daba confianza porque era una clínica de mucho prestigio. Se podía acudir con seguridad, Pero…

Pero, si a mi hijo le quedaba alguna duda, el doctor Guix, se la supo disipar muy bien, (importantísimo este punto por lo que dirá en su sentencia la jueza Dª María Eugenia Alegret Burgues). El doctor Benjamín Guix tenía unos treinta años, más o menos como el doctor Nogués, y lo mismo que con el doctor Nogués, entraron en una conversación y corriente de simpatía, que en mi hijo fue sincera, como si se conocieran de toda la vida. Les recuerdo uno sentado enfrente del otro, como dos amigos que uno le cuenta al otro, con toda la confianza del mundo, sus problemas e inquietudes y el otro – doctor Guix -, le dice que no se preocupe, que esté tranquilo, que él le ayudará. Sobre la radioterapia le canta las mismas excelencias que le había cantado el doctor Nogués, quizás con mucho más énfasis para terminar de convencerle. Lo que no puede imaginarse nadie, ni quisieron saber los jueces, fue la conversación en que entraron médico y paciente: hablaron de muchas cosas, e incluso de Ópera, parecía que el doctor Guix era también un gran aficionado. Según le preguntaba y Arturo le explicaba, le servía al doctor para animarle a que se lo hiciera: “él que tenía tantos intereses en la vida, buena posición, que la familia tenía negocios, que podía disfrutar de viajes, su carrera de música, de piano…, no tenía el porqué estar perdiendo el tiempo con el psiquiatra, ni curas de sueño, ni tomando pastillas, ni con nada, con la radioterapia todo solucionado. ¡Valía la pena probar”. A pesar de mucho insistir por parte de mi hijo con la posibilidad de que surgiera algún imprevisto, el doctor logró convencer a mi hijo: “¡Háztelo que no te arrepentirás! Si te lo haces será la mejor determinación que habrás podido tomar nunca en tu vida!” Mi hijo preguntó: “¿Puedo tener algún efecto secundario?”. El doctor le contestó: “Dos o tres días de dolor de cabeza y quizás ni eso”. Y mi hijo le creyó.

En cuanto la forma que el doctor Nogués tuvo de, digamos, vender la radioterapia a mi hijo con la historia del chico al que se le produjo una hemorragia entretanto le estaban operando, muchos han sido, incluso médicos, los que han dicho que, aquello debía de estar preparado para vendernos la radioterapia, porque ningún médico le dice a su posible paciente, que lo que le está proponiendo está poniendo en peligro la vida de otro paciente.

Bien: una vez mi hijo convencido, quedamos para el día y la hora para que le tomaran las medidas del casco que ponen para aplicar la radiación y el día y la hora para aplicarla: 3 de marzo (1988) a las seis de la tarde. Pero, antes, el doctor nos pide los honorarios; eran, según nos dice, normas de la clínica cobrar antes de realizada la intervención. No llevaba encima ni dinero en metálico ni talonario; quedamos en que pasaría a pagar al día siguiente. Me recibe el mismo doctor Guix. Cuando le pregunto a nombre de quien extiendo el talón, si a nombre de la clínica o a nombre de él, puesto que el Servicio de Radiología llevaba su nombre, me contesta: “al portador y sin barrar”.

Cuando le pedí el recibo o comprobante de pago (trescientas mil pesetas), me puso una excusa y no me lo dio. Aunque la película-denuncia que se realizó para las TV Autonómicas sobre la muerte de mi hijo, sale que si se lo dieron a la madre quien fue a reclamarlo, yo nunca lo reclamé y por tanto no me lo dieron.

Recuerdo a mi hijo tan lleno de buena fe cuando al salir del despacho del doctor Guix, que me dijo: “Sabes, mamá, el doctor Guix me cae muy bien. Se ve que es una buena persona”. ¡Qué lejos estábamos de pensar que aquella buena persona, como mi hijo creía, le llevaría a una muerte cruel y que encima se burlaría de él, como quedó demostrado en las vistas orales del juicio!

SUBTERRÁNEO DE LA CLÍNICA DEXEUS:
3 de marzo de 1988 a las seis de la tarde.
Cómo habíamos quedado con el doctor Guix, nos personamos en la Clínica DEXEUS, pero ocurre un hecho sorprendente: Mientras esperamos a que nos atienda el doctor Guix, como creíamos, aparece el doctor Enrique Rubio García, al que habíamos visto una sola vez en el Hospital del Valle de Hebrón. Cuando vemos que se va a hacer cargo de Arturo, le pregunto, qué es lo que tiene que ver él con mi hijo, si con él no hablamos nada de la radioterapia. Nos contesta que, “aquellos casos los lleva él conjuntamente con el doctor Guix”. Tenían conciertos privados, cosa que nosotros ignorábamos. Se lleva a mi hijo para dentro de la sala de radioterapia, nos dice que estemos tranquilo que enseguida saldrá y, mi hijo mirándome como diciendo, que le vamos a hacer, y cómo que estábamos en la Clínica DEXEUS, podíamos estar tranquilos…

Ya sé que muchas personas no entienden como pudimos ser tan confiados, y ahora, yo tampoco lo entiendo, y no entiendo cómo siendo mi hijo una persona que se miraba con lupa cualquier cambio de tratamiento que aceptara una cosa así con lo que nos había pasado y nos estaba pasando, pero, pienso que él, pobre, también confió en mí, y si a mí me parecía bien… Pero ahora por más vueltas que le dé, ya es demasiado tarde. “Ellos”, los malos médicos, siempre disponen de medios para convencerte y algunos son tan malas personas, como desgraciadamente los que nos tocaron a nosotros que, incluso, intentan dar la culpa al paciente de su propia muerte.

Bien: tanto el doctor Nogués como el doctor Guix, nos habían dicho que la sesión duraría entre veinte y treinta minutos, aunque uno puede entender de que se alargue un poco más, con lo cual el tiempo de radiación sería de entre diez o doce minutos que hubiera sido lo normal en el caso de que el tratamiento hubiera estado acertado en el caso de mi hijo. Pero el tiempo pasaba y Arturo no salía. Al cabo de una hora y media en la que nadie nos había dicho nada, viene hacia nosotros el doctor Rubio, para decirnos que no nos preocupemos, que había habido un pequeño problema con la máquina pero que ya estaba solucionado. Arturo saldría enseguida. Pero hemos de esperar otra hora y media larga. En total tuvimos que esperar tres horas y cuarto, ante la media hora que nos habían dicho aunque aceptaras que pudieran pasar unos minutos más.

Hay quien también nos pregunta qué, cómo no nos dimos cuenta de que aquello no iba bien, de que alguna cosa extraña pasaba. Y, ahora, yo también me lo pregunto, y me pregunto qué, cómo mi hijo con lo decidido que era no dijo, basta, no quiero seguir con esto, o porque no fui yo la que no llamó a la puerta para preguntar o llevármelo. Pero…, una vez estás allí, ¿qué has de hacer si estás en sus manos? Tú, no entiendes y piensas que si interfieres, puede ser peor. No tienes más remedio que seguir y esperar…

Pasado ese tiempo, el doctor Rubio salió de la sala para decirnos que “todo había ido muy bien”, que fuéramos a verle dentro de tres meses, y se marchó. Él nos estaba engañando porque sabía muy bien lo que iba a ocurrir, como quedó demostrado en el juicio.

He de señalar, que al doctor Guix no le vimos en ningún momento. Para nosotros no se encontraba en la clínica, pero sí que estaba como supimos años después. Cuando el doctor Rubio tuvo que ir a declarar ante el Juez de Instrucción, dijo que le estaba acusando de una cosa que no había hecho, que quien irradió a mi hijo fue el doctor Guix, que él se limito a indicar el lugar en donde aplicar la radiación. Quedaron implicados, él, el doctor Guix y la Clínica DEXEUS, ésta como responsable civil subsidiaria.

Bien: Volviendo a la Clínica DEXEUS: Al cabo de unos minutos de haberse marchado el doctor Rubio, salió mi hijo de la sala de radioterapia solo, yendo de un lado para otro de lo mareado que estaba, con un fuerte dolor de cabeza, cayéndole los mocos y estornudando por el fuerte constipado que había cogido, con unos hilillos de sangre cayéndole por la sien debido a la forma bestial de aplicarle el casco o lo que fuera para aplicar la radiación. Salió hecho un desastre. Yo, ante aquello, empecé a gritar, a llamar para que alguien nos atendiera, pero aunque cueste creerlo, en aquel sótano y a aquella hora, sobre las diez de la noche, no había nadie, pero yo seguía llamando hasta que mi hijo, me dijo: “Madre, no puedo resistirlo más. Vámonos para casa, por favor. Déjalo correr, por favor”, repitió. Y, añadió: “Y no quiero volver a ver más a este médico porque es un bestia, le he pedido por favor una manta porque tenía frío y me la negado diciéndome: ¡Cállate burro!”. Aunque no era la forma de expresarse de mi hijo, pensé que como lo había o lo estaba pasando tan mal…pero, después, siempre después, del mismo entorno del doctor Rubio, pudimos saber que no solamente era un bestia, sino que era o es, un ser cruel sin ningún tipo de sentimiento humano.

Esto que explico y que parece que no pueda pasar en una clínica de tanto prestigio como es la DEXEUS, se repitió al cabo de dos años. El muchacho en cuestión, José Antonio Guiu, en este caso para tratar un aneurisma cerebral, salió en las mismas condiciones que Arturo de las manos de los doctores Guix y Rubio: dijo al salir: “Antes de volver a pasar por este infierno preferiría morir”. Este muchacho sigue vivo gracias a otros médicos que lo trataron después de la Clínica Sagrada Familia. De ser por los médicos Guix y Rubio, ya estaría muerto. El caso esta relatado en el libro “Arturo”.

Después de pasados unos días, el malestar provocado por la forma de aplicar la radiación en la Clínica DEXEUS, fue cediendo y mi hijo se fue recuperando. Pero lo que no podíamos imaginar de ninguna de las maneras era que, mi hijo salió de la clínica condenado a muerte de forma irreversible. Como supimos después por el propio informe del doctor Rubio, dentro de las tres horas y cuarto en que duro la sesión, DOS HORAS Y VEINTE MINUTOS, fueron destinadas a irradiarle el cerebro. A “achicharrárselo”, que fue la expresión que utilizó la Señora Fiscal en las vistas orales del juicio: Dos horas y veinte minutos que fueros mortales de necesidad.

Aquí, Señor, me he alargado más de lo deseado, pero es tan increíble lo de esta gente que hay aspectos que si no se explican con un poco de “detalle” resultan imposibles de imaginar ni de creer que sean verdad. A partir de aquí, intentaré sintetizar al máximo lo que falta aunque resulte difícil.

Después de la radioterapia, mi hijo siguió igual, ni mejor ni peor, y nuestra vida siguió también como siempre, con todo y el problema de mi hijo, bastante bien, pero pasados unos ocho meses, mi hijo por aquello de que “si uno tiene un problema y una posible solución a mano es absurdo no aprovecharlo”, decide probar con la técnica del doctor Burzaco; dice que no quiere quedarse con la duda de que quizás le hubiera ido bien y no haberlo intentado. Si no le va bien, dice, se tendrá que conformar con lo que tiene y nada más. Mi hijo se pone en manos del doctor Burzaco, y la neurosis obsesiva desaparece y emprende una vida como si nada hubiera sucedido. Su psiquiatra, repite una vez más, que Arturo es un caso muy especial, porque nadie se pone bien tan deprisa. Mi hijo dice, que ha probado todo lo que tenía que probar y ahora sólo dependía de él. Y mi hijo empieza a trabajar en el negocio ininterrumpidamente, decide terminar su carrera de piano y todo nos va tan bien que decidimos ampliar nuestro negocio con otro local: negocio de ropa e inmobiliario infantil y juvenil, futura mamá y decoración.

Y, en ello estábamos, buscando el local que más nos pudiera interesar para ampliar el negocio y preparando las vacaciones del mes de agosto de 1989. Un viaje importante por Estados Unidos, Méjico y Canadá. Todo esto que explico, Señor, es sumamente importante por lo que dirán después los jueces, en la Vía civil, D. José Manuel Martínez Borrego y Dñª María Eugenia Alegret Burgues, que tienen el valor de negar esta evidente realidad y se inventan que mi hijo vino de Madrid muy grave debido a la radiofrecuencia, contradiciendo incluso a la ciencia médica y a sus antecesores que no niegan los beneficios de la radiofrecuencia a mi hijo y reconocen que fue la radioterapia la que le causó el daño que le llevó a la muerte, aunque intenten disfrazarlo a su manera como se verá.

Como le digo, todo nos iba muy bien; una noche, como otras veces, mi hijo me invitó a cenar y al teatro. Pasamos una velada muy agradable, hablamos de nuestros proyectos en común, él, de los suyos personales… Un velada feliz, pero sin poderlo imaginar, aquella velada sería la última que disfrutaría con mi hijo estando tan bien como todos creíamos. A la mañana siguiente, mi hijo se levantó como cada día a las siete de la mañana para ir a trabajar, pero ese día, arrastrando un poco los pies, un ojo medio cerrado y la boca un poco torcida. Al verle de aquella manera, le dije que tenía que verle un médico con urgencia. Me dijo que ya iría otro día “porque hoy había mucho trabajo en el comercio que no podía desatender”: no se estaba dando cuenta de lo que le pasaba. Saltándome unos aspectos que están explicados en el Testimonio y libro adjunto para no alargar demasiado este escrito, le diré que, a los tres días de este suceso mi hijo ingresaba en el Hospital del Mar donde me comunicaban la gravedad de mi hijo. Cuando pregunté, si era que mi hijo se moría, me dijeron que sí. No sabían exactamente lo que tenía, pero fuera lo que fuera era irreversible. Podía tratarse de un tumor, en la gente joven, a veces, cuando da señales ya es demasiado tarde, podría ser el caso de mi hijo, pero fuera lo que fuera, era irreversible, repitieron. Tenían que hacer más pruebas para saber exactamente de qué se trataba. Una vez realizadas todas las pruebas descubrieron lo que llevaba mi hijo a la muerte. Diagnosticaron: “Lesión cerebral por radionecrosis diferida profunda e inoperable”, resultado de los rayos aplicados en la Clínica DEXEUS. Aunque ya estaba claramente diagnosticado el daño, los médicos del Hospital del Mar me pidieron el informe que creían me habían entregado en la Clínica DEXEUS, para saber la cantidad de rayos que le habían aplicado. Como no me lo dieron, tuvimos que pedirlo y pedirlo hasta seis veces y amenazar en recurrir a la justicia si no lo entregaba puesto que hacían oídos sordos. El propio informe del doctor Rubio confirma que la sesión tuvo una duración de tres horas y cuarto y el tiempo de radiación, en total, dos horas y veinte minutos. Toda la maraña en que se llevaban entremanos los doctores Guix y Rubio se puede ver en los relatos adjuntos.

Mi hijo quedó ingresado sin ninguna posibilidad de esperanza de poder salvar su vida: El exceso de radiación mata las células por reacción en cadena. No hay salvación posible.Cuando les pregunté a los médicos qué, si quizás nos hubiéramos dado cuenta antes le hubiéramos podido salvar la vida, me confirmaron que mi hijo salió de la Clínica DEXEUS condenado a muerte. Mi hijo quedó ingresado en el Hospital del Mar, y yo oía al personal sanitario cómo repetía: “Este pobre chico se muerte, que pena da”.

Pero, desagraciadamente para él, no murió cuando todos creían, y mi hijo, sin que nadie pudiera entender cómo podía sobrevivir tanto con lo que le habían hecho en su cerebro, vivió muriendo y padeciendo lo indecible, durante cuatro años y seis meses más. Fuerte que era y sano que estaba. Debido a su resistencia, antes de morir, para aminorar sus sufrimientos, se consideró necesario vaciarle el edema producto de la radiación. Yo tenía que dar la autorización: Una dura decisión: Sí, di mi consentimiento, porque mi pobre hijo ya no podía decidir nada. Se le vació el edema y se extirpó un pedazo de cerebro quemado; menos quemado, menos daño pensaron, pero no se consiguió aminorar sus sufrimientos. Su camino hacia la muerte fue cruel, muy doloroso, pero de todo esto, los jueces no quisieron saber nada.

Le agradecería que si un día tuviera un poco de tiempo libre, leyera de lo que será el nuevo libro que le adjunto o del mismo libro, “Araturo”, cómo era mi hijo y la lucha que se vio obligado a llevar a cabo hasta su muerte por culpa de unos individuos, malvados, estafadores, en definitiva unos “peligrosos sociales” como muchos les han calificado. Aunque he de insistir que no son ellos los únicos culpables de estos crímenes execrables, son los jueces que los protegen. Con ello, los jueces, no solamente protegen a este tipo de médicos salvajes, sino que permiten que sigan con sus crímenes con total impunidad. Como también he escrito tantas veces, si quizás los muertos fueran los hijos de los jueces y tuvieran que ver como sufren y mueren sin poder hacer nada para ayudarles, si tuvieran que escuchar sus súplicas pidiendo ayuda sin poder hacer nada, nada para poderles ayudar y todo por culpa de unos malditos sin alma, las sentencias serían muy distintas, pero que muy distintas, pero… no son sus hijos.

Después de tener que ver sufrir y morir de forma tan cruel y gratuita a tu hijo, viene la segunda parte, que es la que me ha impulsado a escribirle a Usted. La parte judicial, la injusticia más aberrante de entre las aberrantes dentro de las negligencias, asesinatos, médicos, porque en el caso de mi hijo de un asesinato se trata. Recuerde que mi hijo era una persona fuerte, sana, “más sana que él no había otra” cómo solía decir su psiquiatra, que únicamente quería solucionar sus manías, sus angustias para no tener problemas de salud en el futuro. El informe de su psiquiatra dice: “neurosis obsesiva que cursa con comprobación, orden y limpieza. No se le conoce abuso del alcohol, ni la toma de estupefacientes. Mantiene una buena adaptación social y una adecuada autonomía”. A mi hijo no le gustaba el alcohol, tomaba alguna cerveza de vez en cuando y siempre con gaseosa y sólo tomaba las pastillas que le recetaba su psiquiatra. En su maldad, como se podrá leer en la parte que sigue sobre el proceso judicial, el doctor Rubio quiso hacer creer que mi hijo era poco menos que un alcohólico y un pastillero cuando no le conocían de nada – pues ni les interesó ver el informe de su psiquiatra -, hecho que indignó en gran manera entre otros a sus amigos que se conocían desde niños, y nunca le habían visto tomar ni una copa de vino. Después, sí, en la misma vista, los abogados de los acusados queriendo disculpar a uno de sus clientes, doctor Rubio, pidieron perdón. Pero el daño ya lo habían hecho. Un daño añadido más: Las brutales declaraciones de los acusados.

Para entender perfectamente las atrocidades que dicen los jueces en sus sentencias, es necesario leer las sentencias – la mayoría se encuentran en el libro, “Arturo” – pero aquí resaltaré unos puntos que ya dejan claro el talente de los jueces que han juzgado este dramático proceso y el interés desmesurado que han demostrado para proteger a los acusados y librarles de la cárcel, como señala, en un caso como el de mi hijo, el Artículo 343 del Código Penal.

Se inicia el RECORRIDO JUDICIAL. Un recorrido de años dolorosos, llenos de injusticias inimaginables e inacabables.

RECORRIDO JUDICIAL
Cuando se descubrió lo que le habían hecho a mi hijo, hubo un gran revuelo entre la clase médica. Muchos médicos de otros hospitales y otras clínicas, quisieron conocer a mi hijo personalmente. Quienes le trataron y le vieron, me aconsejaron que denunciara a quienes habían hecho aquello a mi hijo, porque aquella gente no podía seguir en la medicina, lo que le habían hecho a mi hijo era algo atroz que nunca en la vida podía haber ocurrido. Quienes hicieron aquello a mi hijo, “eran un peligro social”. Les hice caso y presentamos una querella. Esta fue contra el doctor Rubio, pues en un principio nos creíamos que él, era el único culpable, después de las declaraciones ante el primer Juez de Instrucción, quedaron implicados, el doctor Rubio, el doctor Guix y la Clínica DEXEUS, ésta como responsable civil subsidiaria.

Pero tuve que esperar SIETE AÑOS, siete, hasta no conseguí ver sentados en el banquillo de los acusados a quienes tan cruelmente mataron a mi hijo: a los médicos Benjamín Guix Melcior y Enrique Rubio García. Un primer Juez de Instrucción que parecía un buen hombre y comprendió mi postura pero, que al poco tiempo de haber tomado la declaración se marchó o lo destinaron a otro lugar; un segundo Juez de Instrucción que dejó pasar el tiempo sin hacer nada, y un tercer Juez de Instrucción, Juan Pablo Gonzalo Gonzalo, que cerró el caso cautelarmente por falta de pruebas dijo. Los médicos que atendieron a mi hijo en ésta si su gran desgracia, no podían dar crédito, porque según dijeron: “pruebas más claras que en el caso de Arturo no habían otras”. Este juez, visiblemente protector de la Clínica DEXEUS, incluso puso en duda el que en esta clínica hubieran podido hacer una cosa así, y esto sin estudiar el caso.

Presentamos un Recurso a la Audiencia Provincial de Barcelona, alegando que “había indicios de criminalidad en la actuación de los médicos Benjamín Guix Melcior y Enrique Rubio García”. Nos dieron las razón, y la cuarta Jueza de Instrucción, Dñª Montserrat Arroyo Romagosa, ordenó la apertura de las vistas orales del juicio. La Fiscalía en aquel entonces, acusó a los médicos de “imprudencia temeraria profesional con resultado de muerte”, solicitando cuatro años dos mese y un día de cárcel para cada médico y una indemnización de cincuenta millones de pesetas parte de la cual debía de satisfacer la clínica DEXEUS.

Para poder condenar sin paliativo alguna, únicamente tenía que quedar demostrado que mi hijo era una persona sana y que murió por causa de un exceso de radiación. Y esto quedó sobradamente demostrado.

Los informes que presentaron los peritos de parte de los acusados, fácilmente podían tirarse al traste, ya que incluso de una forma chapucera contradicen a la ciencia médica. Los informes de los médicos que atendieron a mi hijo y descubrieron el daño causado señalaba el exceso de radiación como causa de la muerte, sus declaraciones verbales en el juicio también – médicos del Hospital del Mar, de la Clínica Quirón, quienes fueron siguiendo su proceso y los médicos del Centro de Resonancia Magnética, que también siguieron su proceso. Todos se mantuvieron firmes en la “lesión por radionecrosis diferida”. Incluso la doctora representante de la Clínica Quirón, cuando la señora Fiscal le preguntó, por qué estaban tan seguros de que la muerte de Arturo se produjo por exceso de radiación y no por otra causa, como por un tumor, por ejemplo, muy segura y firme contestó: “porque hay suficientes medios y maquinaria que así permiten asegurarlo.

Cuando los abogados de los acusados quisieron culpar al doctor Burzaco por haber aplicado la radiofrecuencia a Arturo, diciéndole que si la muerte se hubiera producido por culpa de la radiación Arturo hubiera muerto enseguida, El doctor Burzaco contestó que, aquello no era cierto, que los rayos aplicados a Arturo, eran como en Chernóbyl, unos murieron enseguida, otros al cabo de unos meses y otros al cabo de unos años. En cuanto a la radiofrecuencia por sí misma no puede producir ningún daño; sólo se puede producir un daño en el caso de que la aplique una persona inexperta y en este caso se produciría en el acto.

El doctor D. Juan Antonio Valverde, Jefe del Instituto Nacional de Toxicología, quien realizó el estudio del cerebro de mi hijo, dijo en su informe que, “aun siendo inespecífico, era totalmente compatible con lesión por radionecrosis”. Los abogados de los acusados aprovecharon para decirle que, en este “inespecífico” podían caber muchas cosas, como un tumor por ejemplo. El doctor Valverde contestó, que si había escrito inespecífico, ahora decía específico, porque él que había estudiado milímetro a milímetro el cerebro de Arturo Navarra Ferragut, podía asegurar que el cerebro estaba sano y si no hubiera sido por la radiación no tenía nada”. Y ante la maldad de la actitud de los abogados defensores de los acusados y de la Clínica DEXEUS, el doctor Valverde, levantándose del asiento y en voz bien alta, sentenció: “Y las radiaciones ionizantes mal aplicadas matan y esto es lo que ha sucedido con este muchacho”. A la referencia que hizo el doctor Burzaco de los rayos que mataron a miles de personas en Chernóbyl, el doctor Valverde, dijo que, “no hacía falta irnos tan lejos, que aquí en el Hospital Miguel Servet de Zaragoza murieron siete personas por exceso de radiación cuando las estaban tratando de cáncer”. (Murieron muchas más, pero que denunciaron, que sepamos, siete) Este hecho fue un escándalo Mundial que hizo que España fuera condenada por el Tribunal Europeo de Luxemburgo.

Tres vistas duras e intensas. En el libro “Arturo” están explicadas lo mejor posible. Pero lo que levantó indignación entre el numeroso público asistente, fue cuando la Señora Fiscal preguntó al doctor Enrique Rubio García, si había avisado a Arturo Navarra Ferragut de que se podía quedar en una silla de ruedas o morir, y éste cínicamente, contestó: “¡Hombre! ¡No! Porque nadie se lo haría”. Añadiendo más cínicamente todavía: “Y los rayos de vez en cuando dan una broma y si la dan es imprevisible”. La Señora Fiscal, le preguntó si creía que era una broma el que muriera una persona. El doctor agachó la cabeza y no contestó.

La Señora Fiscal también preguntó al doctor Benjamín Guix Melcior, qué criterios siguió para aplicar la radiación, y el doctor contestó: “Por el ojo clínico”. Otra gran muestra de indignación por parte del público y una voz de entre el público, de algún familiar o amigo, que con toda su fuerza gritó: “¡¡BURRO!!”.

Pero hubo otra declaración que también levantó la indignación del público, cuando se estaba tratando el tema del “hígado graso” de mi hijo que debido a tanta medicación se le enfermó y tanto le hizo sufrir, el doctor Rubio, con una vos desagradable y lleno de una maldad imposible de imaginar, dijo: “Los borrachos también tienen ese hígado y este señor era un pastillero y los pastilleros agreden su salud”. Le aseguro, Majestad, que si en aquel momento hubiera tenido un arma de fuego hubiera disparado sin titubear. Él, no conocía a mi hijo, lo poco que se vieron, primero en el Hospital del Valle de Hebrón y después en el momentos de llevárselo para dentro de la sala de radioterapia en la clínica DEXEUS, nada supo de cómo era mi hijo ni nada le importó leer el informes de su psiquiatra puesto que nadie se lo pidió, ni sabía que mi hijo se sometió a aquel tipo de tratamiento por la seguridad que le dio y porque con él ya no tendría que tomar más pastillas para su neurosis que con el tiempo le pudieran perjudicar su salud. Un hombre malvado a más no poder.

Aquí tuve que calmar a mi hermano que al oír aquella barbaridad se indignó tanto que ganas le quedaron de darle algún tortazo, pues como dijo, nunca había visto a Arturo a beber ni un vaso de vino, y los amigos de mi hijo, que dijeron que durante los años que le conocían – desde niños -, si le habían visto beber los vasos de cerveza que pueden contarse con los dedos de la mano, ya eran muchos. A mí, mi abogado también me tuvo que “coger del brazo y calmarme” antes de entrar a la Sala de Vistas, porque el docto Rubio se paró delante de mí y con gesto burlón se rió de mi. Me faltó poco para romperle las gafotas que llevaba en su maldito rostro. Esto es lo que consiguen esta mala gente, añadir más dolor al dolor. Resulta muy difícil mantener la serenidad ante tipos de esta naturaleza.

Tengo que agradecer al Profesor Borondo Alcázar, quien estudió conjuntamente con el doctor Valverde el cerebro de mi hijo, que cuando el doctor Rubio intentó hacer creer que mi hijo era un “borracho” por lo del hígado graso, que, espontáneamente levantán-dose del asiento y dirigiéndose al juez, le dijo: “No hay que olvidar señoría, que este muchacho ingresó en el Hospital del Mar por una radionecrosis diferido que le obligó a tomar altas dosis de corticoide Dexametasona y éste con el tiempo produce un hígado graso”. Se lo agradecí profundamente.

Pero independiente de los sentimientos que provocaron las maléficas declara-ciones de los médicos Guix y Rubio, lo importante son las declaraciones en sí mismas: “No avisaron del peligro”, “los rayos de vez en cuando dan una broma”, y además “las aplicaron por el ojo clínico”.

En el libro “Arturo”, se encontrará toda la sentencia y la contrasentencia, pero creo que los puntos expuestos son suficientes, para “valorar” la sentencia que dictará después el Juez José María Assalit Vives y que no cabe duda que ha sido el referente de todas las demás sentencias para no condenar a sus “protegidos”, principalmente, doctor Guix y Clínica DEXEUS, y no contradecir a su “compañero”, como se llaman los jueces entre sí, Assalit Vives.

Durante los siete años de espera, se llevaron a cabo campañas de denuncia contra los médicos y contra el sistema judicial que permitía que pasaran los años con el peligro de que otros muchachos siguieran el mismo trágico camino por el que tuvo que pasar mi hijo. De hecho, en la clínica DEXEUS dejaron de aplicar estas radiaciones para tratar problemas psicológicos como el de mi hijo, a raíz de mis campañas públicas y a raíz de las mismas, consideraron que era mejor para la clínica que el doctor Guix se fuera a trabajar a otro lugar, cosa de la que él me culpa a mí como declaró en unos de los juicios que se celebraron por “injurias y calumnias”, como ellos decían.

También he de decir, que dentro de este tiempo, tanto el doctor Jordi Jornet lozano como el abogado de la clínica Dexeus señor Domínguez Ventura, ofrecieron a mi abogado de entonces D. Javier Selva y a mí, todo lo que yo quisiéra si retiraba la querella, como no me pudieron convencer se rebotaron contra mí como lobos hambrientos. Hubieron amenaza contra mi madre, que la hicieron padecer mucho, contra mis amigos, contra mí, todo explicado en el libro y testimonio adjunto, investigación de bienes, pérdida de mis negocios, propiedades… en fin… Después de que te matan al hijo, todavía tienes que sufrir todas estas atrocidades, añadidas, estas maldades incomprensibles y lo peor, por parte de la llamada “justicia”.

Bien: Y ahora entraremos en las atrocidades más que inimaginables esgrimidas en la sentencia dictada por el Juez José María Assalit Vives. Antes, pero, recordaré que la Señora Fiscal terminó su exposición en la última vista oral del juicio, diciendo que: “Si no hubiera sido por la radiación que los acusados, los médicos Benjamín Guix Melcior y Enrique Rubio Garcia aplicaron en el cerebro de Arturo Navarra Ferragut, Arturo estaría vivo y sería un muchacho feliz”. Los acusó de “Imprudencia temeraria profe-sional con resultado de muerte”, solicitando penas de cuanto años, dos meses y un día de cárcel para cada médicos y cincuenta millones de indemnización de las antiguas pesetas.

El caso estaba ganado, no podía ser de otra forma. Pero un día, a las ocho de la mañana, me llaman de la emisora de “Radio Ramblas”, uno de los medios de comunicación que iban siguiendo el proceso, para preguntarme si había leído “La Vanguardia”. Les dije que no y me aconsejaron. “Ve a comprarla, aunque cueste creerlo, habéis perdido”. Llamé a mi abogado y no sabía nada. La noticia llegó antes a los medios que a nosotros, los interesados. Algo, al parecer, bastante habitual.

Los puntos destacados de la sentencia:
El juez, contradiciendo la declaración del doctor Rubio de que no avisaron a mi hijo del riesgo que corría, dice: “No cabe duda de que el paciente recibió información sobre la intervención y sobre los riesgos que comportaba, y que ello no solo por lo declarado por los acusados, sino que se deduce de que el paciente, por su forma de ser, debió requerir y exigir todo tipo de explicaciones. Los acusados no ocultaron la existencia de riesgos, seguramente sin darle importancia por ser menores, como ya se ha dicho, a la intervención alternativa de radiofrecuencia. El propio documento suscrito por el paciente hace mención expresa posibles efectos secundarios y complicaciones debido al tratamiento mediante radiaciones ionizantes, aunque no especifique cuales”.

Por sólo este párrafo, según gente de la propia judicatura, al Juez Assalit Vives se le tenía que haber expedientado. Prevarica descaradamente: Dice: “No cabe duda de que el paciente recibió información…”, cuando el propio doctor Rubio en su declaración en la vista oral del juicio dice que no se le avisó, ah! porque nadie se lo haría, y dejarían de cobrar unos buenos dineros que ni siquiera fueron declarados a Hacienda, ya que tanto se habla de los que defraudan a Hacienda. Dice: “Por la forma de ser del paciente…”. Si a mi hijo no le importaba correré riesgos, ¿por qué preguntaba tanto? Pregunto: ¿Qué es lo que suscribió mi hijo? Un informe que no dice nada en concreto y que puede interpretarse como, los “dos o tres días de dolor de cabeza que podría tener” según le dijo el doctor Guix? Y qué el juez mismo dice, “aunque no especifique cuales”. Difícilmente pueden asumirse riesgos si no sabes cuales pueden ser. Hace una comparación con la radiofrecuencia, que nada tiene que ver y que como ha quedado demostrado, la radiofrecuencia no comporta, por su propia naturaleza, ningún riesgo, es más, en otro párrafo, el Juez Assalit Vives, demostrando una ignorancia inaudita, achaca a la radiofrecuencia el peligro de provocar hemorragias, cuando es utilizada precisa-mente para cortarla.

El informe que llaman de “consentimiento informado” y, como repito, no dice nada en concreto, pero que no cabe duda que está redactado con una gran mala fe, se lo hicieron firmar a mi hijo de forma fraudulenta una vez en la sala de radioterapia y momentos antes de ésta ser aplicada. Cuando uno ha firmado un documento de “aceptación de tratamiento”, que nada tiene que ver con el “consentimiento informado”, en la consulta del médico que crees que te va a tratar y has depositado en él toda la confianza del mundo, en la sala de radioterapia, firmarás cualquier documento que de den sólo presentándolo como un formulario más. El “Abuso de Confianza” y la estafa, en el caso de mi hijo ha sido continuado.

Pero hay más: en otro párrafo, el Juez Assalit Vives, dice: “El paciente realizaba sus actos no controlando la mente”. No existe ningún documento que diga tal cosa ni ninguna persona que padezca neurosis obsesiva dejara nunca de controlar su mente. El juez confunde el no saber lo que uno hace con los rituales propios de la neurosis, en el caso de Arturo, repetiré el informe de su psiquiatra: neurosis obsesiva que cursa con comprobación, orden y limpieza, mantenía una buena adaptación social y una adecuada autonomía”. Hay quien cree que ante esta declaración los Mandos militares tenían que haber denunciado al juez puesto que les tacha de irresponsables, pues si como él cree Arturo “no controlaba la mente” ¿cómo podían dar a un muchacho con tal problema un fusil y la responsabilidad de conducir un tanque durante el tiempo en que duro el Servicio Militar? Pero, fíjese, que en el caso de que hubiera sido cierto lo que dice, que mi hijo no controlaba la mente, y se supone que así el juez lo cree, ¿…? está poniendo encima de la mesa otro acto delictivo cometido por los acusados, pues nunca un “consentimiento informado” puede ser válido cuando una persona está en esas condiciones; tienen que ser los padres si los tiene, y si no los tiene, el juez, el que deba dar el permiso en un tratamiento fuera de lo común, y nunca lo darán para llevar al muchacho a la muerte, lo más, ingresarlo en un centro especializado. O sea prevarica-ción sobre prevaricación.

Ciertamente es necesario leer toda la sentencia para darse cuenta de las barbaridades que dice este juez, las contradicciones en que cae y lo retorcido de la misma, todo para, de una u otra forma, no condenar con penas de cárcel a los culpables como señala el Código penal. De todas formas, siempre creyendo los jueces que la gente de a pie es de lo más imbécil.

Pero si toda la sentencia es indignante, hay un párrafo todavía que más indignación y tristeza me produce. Y es en el que dice: “Qué mi hijo con el corticoide Dexame-tasona se recuperaba tanto que hasta podía dejar el centro médico y hacer prácticamente vida normal”. Mi hijo salió del centro médico (Hospital del Mar) la primera vez y todas las que le siguieron, para morir en casa, porque en el hospital, ya no podían hacer nada por él, lo que ocurría que él no moría y sin aceptar yo que llegara ese día, lo volvía a ingresar, y así durante cuatro años y medio que vivió sin que nadie pudiera entender cómo podía sobrevivir tanto con lo que llevaba en su cerebro y cómo se preguntaban tantos. Mi hijo quedó convertido en un demente senil, necesitó atención las veinticuatro horas del día, se le tenía que lavar, dar la medicación, atender de todas sus necesidades incluidas las más intimas lo que cuando él se daba cuenta le hacía sufrir; paralizaciones que le obligaban a ir con silla de ruedas, como un perfecto inválido; se tiene que leer su camino hacia la muerte para que pueda entenderse en que le convirtieron y lo que sufrió. Ver a un chico que había sido tan inteligente y tan fuerte convertido en una pobre piltrafa humana (aunque sea dura la expresión es la verdadera), y él, que siempre había dicho, que antes de depender de otra personas, cuando veía a otras personas deficientes o con parálisis, que preferiría estar muerto, verlo en que lo había convertido, le digo la verdad, Majestad, es para matarlos a todos, porque de esto los jueces no han querido saber nada, NADA. Según ellos, mi hijo ya sabía a lo que se exponía. Como le repito: es para matarlos a todos, médicos y jueces.

Para no ir alargando más parte de esta sentencia, comentar tres párrafos de la misma que, como se verá, resultan más que contradictorios y falaces al mismo tiempo.

El Juez Assalit Vives dice, para terminar su sentencia: “Es cierto, que en el caso enjuiciado podría haber ocurrido que se hubiera suministrado una dosis mayor que la facilitada por los acusados en sus informes – ya sea por error o negligencia, o por entender erróneamente que era la conveniente -, que el colimador empleado no fuera el adecuado para este tipo de intervención, que hubiera habido algún fallo en el direccionamiento de alguno o de varios haces de forma que no hubiera incidido de forma precisa en los puntos deseados. Pero ello, no solo no se encuentra probado en la forma que se exige en un proceso penal, sino que incluso en el supuesto que sí lo estuviera, sería necesario valorar, en primer lugar, si la concreta vulneración de la norma de cuidado es de la entidad suficiente para merecer el reproche penal y además si es la causa del resultado dañoso producido, y en segundo lugar, a cuál de los acusados sería imputable, pues cada uno tenía una función distinta en la intervención, ya que existía una distribución del trabajo entre ellos, de acuerdo con sus distintas especialidades”


Sabe Majestad, esto es como un “diálogo de besugos”. Vamos a ver:

Dice: “… podría haber ocurrido…”. “… podría haber ocurrido…”. Podrían haber ocurrido un montón de cosas, pero en el caso de mi hijo daba igual lo que podría haber ocurrido porque tanto por este juez como por parte de los que le han seguido, daba lo mismo que mataran a mi hijo. El juez Assalit Vives, se pregunta si el hecho ocurrido “merece el reproche penal”. Matan a mi hijo, le “achicharran” el cerebro como sentenció la Señora Fiscal en las vistas orales del juicio, le estuvieron irradiando más de dos horas según informe del propio doctor Rubio. En definitiva: No avisaron a mi hijo del riesgo que corría y lo llevan directamente a las muerte porque, los rayos de “vez en cuando dan una broma y si la dan es imprevisible”; los rayos son aplicados por “el ojo clínico”, y, ¿el juez se pregunta si merece el reproche penal? En cuanto a cuál de los dos sería imputable el daño, es una broma de muy mal gusto: según este criterio tendríamos que aconsejas a quienes vayan a atracar un Banco, que vayan un mínimo de dos, porque cómo no se sabría quien abre la caja y quien apunta con el rifle a los rehenes, pues quedarían impunes. Majestad, más burla a la ley y a los sentimientos humanos parece que ya es imposible, pero, sí: hay más.

El juez Assalit Vives dice en su cadena de contradicciones y errores judiciales:

“Por lo indicado en el anterior apartado este juzgador ha llegado a la convicción que la radiación administrada por los acusados causó un proceso necrótico no deseado, principalmente en el hemisferio izquierdo del cerebro de Arturo Navarra Ferragut, con causación de edema con efecto masa, que necesariamente debía ser tratado mediante altas dosis de corticoide de forma permanente, lo que duró más de cuatro años, y lo que causó automáticamente una enfermedad denominada síndrome de Cushing yatrogénico, cuya más grave y necesaria consecuencia era el fallecimiento por una infección. Lo que así ocurrió.

CAUSA EFECTO:
Si no hubiera habido exceso de radiación (exceso letal), no hubiera habido necesidad de suministrar corticoide, sin corticoide, no hubiera aparecido el síndrome de Cushing, ni infecciones, ni muerte; intentar dar la culpa de la muerte a las infecciones secundarias cuando está más que probado que la culpa de la muerte fue la radiación, es un intento burdo por parte del juez, que sobrepasa la incomprensión de la capacidad humana. Como dice el principio de la medicina: “El resultado terapéutico no puede ser peor que la enfermedad del paciente”. Pero el juez, queriendo proteger de forma desesperada a los acusados, sigue con su inagotable capacidad de atrocidades dentro de los abusos de poder que se irroga. Y, dice:

“Cabe llegar a una primera conclusión fáctica, el paciente sufría una enfer-medad que debía ser tratada de forma agresiva. Es decir, mediante métodos que pudieran incluso comportar riesgos para su vida o su integridad física”.

Los jueces me han condenado por utilizar durante mis campañas públicas de infor-mación y denuncia, el calificativo de “nazis”, refiriéndome a los médicos que mataron a mi hijo. Este calificativo no salió espontáneamente de mí, lo copie de todas aquella personas que lo decían cuando sabían del caso de mí hijo: “esto es lo mismo que hacían los nazis”. Sabemos que no fueron únicamente los médicos de la Alemania Nazi los que cometieron auténticas atrocidades con la experimentación. También las hicieron otros países, pero por las causas que todos sabemos, ellos fueron, desgraciadamente, los más “famosos”.

En mi página Web, radiacionesmortales-isabelferragut.com, clausurada cautelar-mente, otra cosa es el Blog que la está sustituyendo (Radiaciones Mortales-Blog Isabel Ferragut), digo, con conocimiento de causa, porque después de fallecido mi hijo tuve la oportunidad de formar parte de un programa de radio que denunciaba todo tipo de injusticias sociales y judiciales, y tuve, para dar una correcta información, de estudiarme los temas a tratar, con lo cual el tema de los médicos nazis y la experimentación, me lo estudié muy a fondo, aunque en mi web, como es comprensible, explico lo que a mi hijo se puede referir, en la primera página, digo o explico: “Como todos sabemos, en la Alemania Nazi, los prisioneros eran utilizados como animales de experimentación. Uno de los experimentos que llevaban a cabo, con la utilización de “radiaciones ionizantes”, era el de irradiar la parte del cuerpo que más les pudiera interesar en cada momento, pero casi siempre, empezando con baja potencia y corto espacio de tiempo, para ir aumentando, día a día, la potencia y el tiempo hasta alcanzar el objetivo deseado, la mayoría de las veces, la muerte del desgraciado, “paciente”. Eso sí, anotando con todo lujo de detalles, su cruel proceso para su posterior divulgación. Pues bien, si uno de esos desgraciados hubiera podido escapar de sus verdugos durante las primeras sesiones, hubiera podido salvar la vida, porque en las primeras sesiones, las dosis no eran letales. Pero en el caso de mi hijo, él no hubiera podido salvar su vida, no pudo salvar su vida, porque en una sola sesión, le aplicaron la dosis letal. Esto es lo que está escrito en mi página, de momento, clausurada, y esto es lo que mantengo porque es la pura y dura realidad.

Por mis campañas, los médicos Guix y Rubio, me denunciaron. Si bien tardaron mucho en hacerlo porque sus abogados les aconsejaban que lo dejaran correr porque si lo hacían les daría más publicidad al caso y yo ya me cansaría, viendo que no me cansaba, al final me denunciaron.

La primera vez que lo hicieron, me pidieron cincuenta millones de las antiguas pesetas de indemnización, seis millones de multa y un año de cárcel. La indemnización fue rebajada a diez millones, la multa retirada y la cárcel ya no fue admitida. Por la página los jueces me condenaron a pagar nueve mil euros. Pero no han podido cobrar ni un céntimo. Todo lo que tenía lo vendí y todo lo he perdido. Me vi obligada a llevar a cabo las campañas debido a que pasaba el tiempo y los médicos seguían como si nada hubieran hecho. Mi gran temor era que otras personas, otros muchachos, cayeran en las mismas manos en que cayó mi hijo, fueran engañados como él lo fue, y tuvieran que pasar por el mismo horror y muerte.

Cuando el juez Assalit dice la atrocidad, o mejor dicho, la monstruosidad, de que mi hijo sufría una enfermedad que “debía ser tratada de forma agresiva con métodos incluso que pudieran poner en peligro su vida o integridad física”, yo, pregunto: ¿poner en peligro la vida, la integridad de un chico sano, fuerte, más sano que él no había otro como tantas veces decía su psiquiatra? ¿Qué me da a pensar este juez? Incluso en las personas que sufren un cáncer terminal se las trata para intentar salvarles la vida por pocas posibilidades que tengan, esto es la medicina. Exponer a la muerte por una enfermedad inexistente, que él se inventa, para proteger a los asesinos de mi hijo, y que no existe ningún Código médico que diga tal atrocidad como la que él dice, ¿cómo hemos de calificar a este juez? Sólo tengo la esperanza de que el sistema judicial cambie y este juez como los que le han seguido, paguen por sus crímenes porque criminales son también sus sentencias. En el libro “Arturo”, se encuentra la sentencia completa de este juez.

La sentencia fue recurrida, como era lógico, y, además, se interpuso una querella contra el juez Assalit Vives por prevaricación. Me pareció que era inmoral por mi parte, dejar una sentencia de tan alto contenido de desprecio a la vida humana, e incluso, a la noble profesión de la medicina, que no podía quedar sin condena. ¡Ilusa de mí!

La querella contra el juez, fue desestimada, podemos decir “ipso facto”. El entonces Fiscal Jefe de Cataluña D. José María Mena, dice que “la sentencia es de una pulcritud extrema” no ha lugar para la prevaricación como se pretende. Esta sentencia de una hoja, se encontrara, también, en el libro, “Arturo”.

Contestación al recurso de la sentencia dictada por el juez Assalit Vives. Cómo que esta sentencia también está recogida en el libro “Arturo”, sólo transcribiré las dos importantes afirmaciones que recoge “La Vanguardia” del 12 de febrero de 1998.

Los jueces D. Fernando Valle Esqués, D. Jesús Mª Barrientos Pacho y Dª. María Pilar Pérez de Rueda, entre otros, dicen: “No podemos exigir a los facultativos una información que va más allá de los riesgos típicos. Es evidente que no puede exigirse una información sobre la fatalidad ocurrida, entre otras cosas, porque no resulta previsible y, porque de ser precisa tan exhaustiva información, la negativa sería segura en toda operación quirúrgica”. “Además, la negligencia podría estar en la administración de la terapia y no en una más o menos correcta infor-mación”.

¿…? Hablan de los riesgos típicos. ¿Qué riesgo típico podría haber habido en el caso de mi hijo? ¿Quemarle el cerebro un diez por ciento, un veinte, un treinta…? Y en tal caso ¿cómo hubiera quedado mi hijo que era una persona sana, más sana que él no había otra como repetía su psiquiatra y repito yo? Dicen que no puede exigirse una información porque no resulta previsible. Pregunto: ¿es que los médicos cuando terminan su carrera no saben lo que tienen entre manos, lo que puede resultar peligroso y lo que no, y como se deben aplicar las terapias? ¿Hemos de aceptar con resignación quienes nos ponemos en sus manos ser utilizados como animales de experimentación sin derechos, como les pasaba a los desgraciados prisioneros en la Alemania Nazi? ¿Aceptarían estos jueces que sus hijos fueran, eso, utilizados como animales de experimentación? Dicen que la negligencia podría estar en la administración de la terapia, una administración que “achicharra” el cerebro y mata, y, ¿es esto lo que hemos de aceptar en medicina? ¿Terapias que matan protegidas por jueces tan malvados como los propios médicos que mataron a mi hijo? Según estos jueces, ni la información tiene importancia, porque de todas maneras hay que aceptar las atrocidades que puedan cometer los médicos por aquello de que “resulta imprevisible”. Sólo añadir lo que ya le he dicho antes, Majestad, que tengo la esperanza de que haya un cambio del sistema judicial, y estos jueces sean condenados por sus sentencias “peligrosas sociales” como han sido calificadas repetidamente, lo mismo que los médicos que mataron a mi hijo. En esta sentencia los jueces también tienen el cinismo de comparar el horror de haber quemado el cerebro de mi hijo, con “la infección rebelde que se puede derivar de una simple extracción dentaria”.

Hasta este punto, unos ocho años han pasado desde que se presentó la querella, más de veinticinco hasta terminar el recorrido judicial. Por tanto, en este punto acaba de empezar mi triste y legal recorrido judicial.

Ante esta situación, presentamos Recurso de Amparo ante el Tribunal Constitu-cional. Ante el asombro de todos, viene desestimado. Sin poderlo creer digo que voy a entrevistarme con el Presidente del Constitucional. Algunas voces me dijeron que perdería el tiempo y además que el Presidente no me iba a recibir. Cómo mis ánimos cada vez estaban más soliviantados, dije que a mí me recibiría de una u otra forma. Contra mi forma de ser, me presenté ante el Constitucional con una gran camioneta cargada de carteles de denuncia. Ya que iba a iniciar una “movida” dura, pues cargar con todas las consecuencias. Me esperaban ante el Constitucional Dª Carmen Flores, Presidenta de la Asociación “El Defensor del Paciente”, Asociación que se fundó en honor a su hijo Miguel Ángel, fallecido también por una negligencia médica, y otros padres con el mismo dolor de haber perdido a sus hijos en esas dramáticas y gratuitas circunstancias. Llegué a Madrid a media mañana, y acompañada de Carmen Flores, presentamos un escrito al Presidente. El tema se centraba en la sentencia dictada por el juez Assalit Vives, la querella contra el juez y su desestimación. El escrito, con fecha de 27 de octubre de 1998.

Al día siguiente de que fuera entregado el escrito, vino a buscarme una de las secre-tarias del Señor Presidente. Nos encontrábamos aparcados en la acera de enfrente del Constitucional. Fue una agradable sorpresa: el Presidente me iba a recibir. Me acom-pañó Carmen Flores. Casi dos horas de entrevista. El Señor Presidente, en aquel enton-ces Señor Rodríguez Bereijo, nos atendió no solamente con gran amabilidad, sino, diría yo, casi con cariño y todo. Fue muy alentador para nosotros, pero desgraciadamente, “ellos”, los del Constitucional, no podían hacer nada, nos dijo que no habíamos ido al lugar adecuado. El Constitucional hubiera podido atender mi caso si yo no hubiera podido acceder a juicio, pero yo tuve un juicio, pude aportar todas las pruebas, los testimonios… otra cosa era la sentencia. El Señor Presidente dijo, que mi caso era lo peor que había oído nunca y que la sentencia era de las más injustas que había visto. Se tenía que haber denunciado a los magistrados de la Audiencia que eran quienes tenían que haber revisado la sentencia y tomas medidas contra el Juez Assalit. Le dije al Presidente que, ¿cómo iba a denunciar a los magistrados si con solo haber denunciado a uno, ya se rebotaron contra mí? El Presidente escuchó todo lo que le quisimos decir, miró con atención las fotografías de mi hijo insertadas en el libro que llevaba, el primero que había escrito sobre mi hijo, titulado, “Arturo, mi querido hijo”, y cómo que le vi muy interesaba, se lo regalé. Me prometió que lo leería con mucho interés y le dedicaría un lugar especial en su biblioteca. Se lo agradecí. Seguimos su consejo que fue el de dirigirnos al Consejo General del Poder Judicial, porque eran los que tenían el poder de revisar las sentencia y en su caso condenar a los jueces que así se demostrara que habían violado la ley. Guardamos un buen recuerdo del Presidente Señor Rodríguez Bereijo. Nos plantamos delante del Consejo, pero este Consejo, un poco, bastante prepotente, a pesar de saber, por el Señor Presidente del Constitucional que íbamos para allá, nos tuvieron una semana en la calle esperando. A requerimiento repetido de Carmen Flores, al final, el Señor Ramón Sáez, Magistrado Vocal encargado de la Inspección de los Tribunales del Poder Judicial, nos recibió.

Entrevista con el Señor Ramón Sáez
Casi dos horas de entrevista llena de cordialidad, eso sí, pero, cuando, después de explicarle lo sucedido me dio la razón, reconociendo que lo de mi hijo era una cosa terrible, pero añadiendo que lo sentía mucho pero que no podían hacer nada por mí, me sublevé. Le pregunté por las leyes que tenemos y condenan la prevaricación y el porqué no las aplicaban. El señor Sáez nos dijo que, “los jueces no quieren ir en contra de sus compañeros cuando éstos son denunciados”. Le contesté que, si esto tenía que funcionar así, que valía más que suprimieran las leyes y así la gente no estaría engañada y sabría a qué atenerse. La dije, que me parecía todo un engaño y una inmoralidad esto del Consejo General. El señor Sáez, con toda seguridad, queriéndome hacer un bien, me dijo: “No sea usted tozuda señora Ferragut, vaya por la vía civil porque la tiene ganada”. Me dije para mis adentros: Tanto esfuerzo y tantos años de lucha y trabajo para oír lo mismo que me dijeron cuando todo empezó: Qué fuera por la vía civil y pidiera muchos millones cuantos más mejor que para eso “ellos” pagaban tanto dinero a las Aseguradoras.

Le dije al señor Sáez, que iría por la vía civil sino ganaba la vía penal, porque no iba a dejar ningún medio que pudiera condenar a los asesinos de mi hijo. Y, si tenía que pedir una cantidad, como daba lo mismo pedir cien que mil o mil con b de millones de pesetas, porque no hay dinero en el mundo para pagar una vida, pediría mil millones, ni uno más ni uno menos, y si el juez consideraba que me los tenían que dar, irían a parar a una ONG porque de este dinero no quería nada para mí. También le dije, que antes de ir a la vía civil, recurriría ante el Tribunal de los Derechos Humanos; me contestó que no conseguiría nada. Muchas veces me he preguntado, ¿cómo lo sabía ya que así fue? El señor Sáez, ante mi indignación, me repetía: “¡Cálmese, señora Ferragut! ¡Cálmese, no sea usted tozuda y vaya por la vía civil porque la tiene ganada!”.

Sabe, Majestad, es duro que te den la razón y no se cumpla la ley “porque los jueces no quieren ir en contra de sus propios compañeros”. Es duro, inmoral e indignante. Carmen Flores se quedó un rato hablando con el señor Sáez, que le comentaba que tenía toda la razón. Terminó diciendo que vería lo que podría hacer. El resultado fue, que desestimaron mi petición diciéndome que, si no estaba conforme podía recurrir al Tribunal Supremo. Para mí, aquello era una burla más. ¿Qué me iban a decir los del Supremo si su Presidente era el mismo que el del Consejo que, además, me veía cada día durante los siete días que me tuvieron en la calle esperando y almorzábamos en la misma cafetería? No obstante, algunas voces me dijeron que valía la pena recurrir para que nunca nadie me pudiera decir que si hubiera recurrido a lo mejor alguien me hubiera atendido dentro de la ley. Recurrí, y el resultado era previsible: nuevamente desestimado.

Bien: se recurrió al Tribunal de los Derechos Humanos y a la vía civil. Teníamos que hacerlo así, porque entretanto esperábamos el resultado del T.D.H, podría prescribir la vía civil y quedarnos en una total indefensión. Siempre marcándonos un tiempo que de no cumplir, te prescribe y ya lo tienes todo perdido, entretanto los jueces los violan todos.

Ante el asombro e incredulidad de todos, el T.D.H, nos desestima el recurso, e incluso de mala manera. Del Hospital Noruego de Radio, nos dieron un informe en al que dice, que no hay nada escrito que avales este tipo de tratamiento (radiaciones) para tratar los problemas de mi hijo: Neurosis obsesiva, manías como se les llamaba antes. Este informe, que contradice la sentencia del juez Assalit Vives y que hubieran tenido que tener en alta valoración para los del Tribunal, no les interesó para nada.

Sabemos que, por Acuerdos Internacionales, si se recurre a un tribunal no puedes recurrir a otro. Es decir: Sobre el T.D.H, una vez recurrido a este Tribunal de Estrasburgo, no puedes recurrir al Tribunal de los Derechos Civiles y Políticos de las Naciones Unidas y, viceversa. Pero, ante la gravedad del hecho, le digo a mi abogado que recurra a la ONU para ver que nos dicen, ya que teníamos toda la razón del mundo, y la muerte de mi hijo iba quedando impune. Yo, hubiera entendido que nos hubieran dicho, eso, que por los acuerdos no nos podían atender y en este caso tenían que haber contestado rápidamente. Pero, no: Nos tienen esperando dos años con lo que nos hacen coger esperanza, para al final, hacer una especie de sentencia favorable a los médicos y dejándome una vez más en una total indefensión. Como decía mi abogado y muchos otros, nunca habían visto un caso igual.

Indignada, les escribo a los de la ONU, demostrándoles mi gran desesperación e incomprensión, acusándoles, además de injustos por su actuación ya que sus hechos contradicen totalmente el fin por el cual fue creado este Organismo. No sé si tomármelo como una burla más, o como una gran irresponsabilidad por parte de este Organismo, lo cierto es que me contentaron con una carta muy amable, eso sí, “solidarizándose”conmigo, pero diciendo que lo sienten y que no pueden cambiar la decisión tomada por el Tribunal. Me pregunto: ¿Los dieciséis jueces que forma los Estados Miembros se leyeron lo que les enviamos, nuestro recurso y el motivo? El escrito de las Naciones Unidas, fue traducido en todos los idiomas y publicitado por la ONU en “Internet”. Es como aquello de que, “si no quieres caldo tres tazas”. A cada uno de los miembros (16), les escribí una carta de reproche y les envié a cada uno un ejemplar de mi libro titulado “Arturo”, el mismo que le envió a Usted. El escrito que les envié está reproducido en mi página web, de momento, clausurada.

Pero no han terminado todas las barbaridades todavía: ahora viene lo más increíble. La vía civil, la que estaba ganada de antemano y que el señor Ramón Sáez tanto insistió en que recurriera esta vía, por eso, porque la tenía ganada.

Cómo le explicado, cuando empezó todo, tanto el médico forense del Juzgado de Instrucción nº 8 de Barcelona, como el abogado de la Clínica Dexeus, nos ofrecieron a mi abogado de entonces D. Javier Selva, y a mí, todo lo que quisiéramos si retiramos la querella. Nos aconsejaron que fuéramos por la vía civil, y, eso, nos darían todo lo que pidiéramos. Pues bien, ya estamos en la vía civil.

La demanda recae en la Sala de lo Civil, número 5 de Barcelona. Juez: D. José Manuel Martínez Borrego. A los cuatro años de haber presentado la demanda, recibimos la resolución de la sentencia, curiosamente, el mismo día en que estábamos presentando mi libro en Madrid. Si las sentencias vía penal, son calificadas de horrorosas, injustas y de “alarma social”, las de la vía civil resultan muy difíciles de calificar. Solo decir que, muchas personas han comentado que, los jueces están tan locos y desesperados por querer proteger a los acusado (bien, uno, al doctor Guix y a la Clínica DEXEUS), que ya no saben los disparates que inventar.

El juez Martínez Borrego, repite los mismos disparates que el juez Assalit Vives, pero utilizando los informes de los peritos que pagaron los médicos Guix y Rubio y la Clínica DEXEUS, dejando a mi abogado en una total indefensión al no poderlos rebatirlos, y dentro de sus aberrantes dictámenes, incluso, contradice al Juez Assalit, cuando reconoce que la radiofrecuencia a mi hijo le fue muy bien, y cuando reconoce que fue la radiación la causa de la muerte aunque lo enmarañe para evitar la cárcel a los acusados. El juez Martínez Borrego, comete el grave error de cambiar la historia y dar la culpa de la muerte a la radiofrecuencia, inventando que mi hijo vino de Madrid muy grave debido a, eso, a la radiofrecuencia y que según él, fue la causa de la muerte.

Recordará, Majestad, que mi hijo vino de Madrid muy bien, la neurosis despareció, reprendimos una vida llena de ilusiones y proyectos que se iban convirtiendo en realidad; estábamos preparando las vacaciones del años 1989 y animados en ampliar nuestro negocio. Todo estaba olvidado, y, este señor tiene el valor y el cinismo, para proteger a unos seres malvados, peligrosos sociales, inventar tales falsedades cuando es una realidad palpable que nadie puede inventar. Recurrimos a la Audiencia Provincial.

El Recurso recae en la Sala 14, cuya Presienta es Dª María Eugenia Alegret Burgues. Me dicen: “Está en buenas manos”. La sentencia más increíble y desastrosa de todas. Los mismos argumentos que el juez Martínez Borrego pero corregidos y aumentados. De entrada esta señora, moralmente, tenía que haber reprochado este caso, por su amistad con el doctor Guix, pues las hijas del doctor Guix y los hijos de la señora Alegret, fueron a la misma escuela hasta 2004 en que se dictó la sentencia. Inventa los mismo: que sesobreentiende que mi hijo aceptó el riesgo, mezcla la radioterapia con la radiofrecuencia demostrando, no ya una gran ignorancia, sino una gran mala fe, en definitiva, una sentencia que me lleva, nuevamente, a presentar una querella contra esta señora. Entretanto estamos preparando la querella a esta señora la nombran Presidenta del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña, por lo que la querella tiene que ir dirigida al Tribunal Supremo. Del Tribunal Supremos nos dicen que antes tenemos que presentar una querella contra el juez Martínez Borrego. Así lo hacemos. La querella contra el juez Martínez Borrego, nos viene desestimada del TSJC. Sobre la querella contra la señora Alegret Burgues, la cosa se complica. Desde el Tribunal Supremo, no solamente nos la desestiman sino que intentan intimidarnos a mi abogado y a mí, diciéndonos que, “valoremos nuestras actuaciones porque con querellarnos contra los jueces como último recurso de impugnación, podemos incurrir en el fraude de la ley”. Mi abogado les contesta como requiere la forma jurídica. Contestan como disculpándose. Yo, como madre, con una pena e indignación ya imposible de explicar – ya no me quedan adjetivos -, les contesto y les digo que, aquí, los únicos que incurren en el fraude de la ley son “ellos”. Un escrito duro, pero que a “ellos”, a los jueces nada les importa. Como he repetido tantas veces, ¡si quizás hubieran sido sus hijos los muertos!…

Se recurre nuevamente, ante el Tribunal de los Derechos Humanos de Estrasburgo. En esta ocasión mi abogado tiene fe: se trata de la vía civil y los jueces no tendrán la responsabilidad de pedir penas de cárcel para los médicos que es lo que no quieren hacer, aunque así, lo diga el Código Penal en el caso de mi hijo. Pero viene desestimado nuevamente. Nadie puede dar crédito y la preguntar, de ¿qué les deben estos jueces a los médicos y a la Clínica DEXEUS para que un hecho tan atroz como el de mi hijo, nadie lo quiera condenar?, se repite. Claro, las hipótesis son muchas, pero…. El 2013, como dice el medio de comunicación “Date cuenta”: “El sistema aplasta veintiséis años de lucha judicial”.

A pesar de que en esta ocasión los del Tribunal de Estrasburgo, nos dicen en el folleto que nos envían a modo de sentencia, que no preguntemos el porqué ha sido revisado un solo juez, Yo les contesto. Es necesario dejar constancia de las malas actuaciones de toda esta gente porque si no nunca vamos a avanzar y siempre estaremos en sus manos prepotentes, chulos y aplastando los derechos de las personas como si no fuéramos seres humanos. El desprecio en este caso llega a tal punto, que el folleto que envía, lo tiene impreso para todos igual, sea de un caso o de otro, cuando no les interesa impartir justicia. Es vergonzoso. Les envié mis Testimonios y mi repulsa. Sabía que no me contestarían, pero, se enteraron.

Y, aquí terminó todo lo que podíamos hacer dentro de nuestra llamada justicia; una justicia en la mayoría de los casos, burlona, cruel, condenando a las víctimas tanto directas si éstas quedan vivas, o si han muerto, a las indirectas, a vivir en un pozo de amargura, desesperación y miseria. Si fueran los jueces los que tuviera que ver sufrir y morir a sus hijos, sin poder hacer nada, nada para poderles ayudar porque nada podían hacer ya que quedaron condenados a muerte por culpa de unos mal llamadas médicos, gente si alma, y que encima tuvieran que ver cómo se burlaban de sus hijos como quedó demostrado en el juicio, ¿hubieran actuado todos de la misma forma? ¡Claro que no!

Dentro de todos estos años dolorosos, escribí al Fiscal General del Estado, a los Presidentes de los Partidos Políticos de Cada momento, mucha de esta información la contiene el libro “Arturo, que le adjunto. Entre otros, también escribí, acompañado de una amplia información, al Tribunal Europeo de los Derechos Humanos de Luxemburgo, quien condenó a España por la mala aplicación de los Rayos X. En nada me pudieron ayudar, pero tuvieron la amabilidad de enviarme la sentencia que condenaba a España por si me podía ser de utilidad.

Iré terminado este escrito, Majestad, porque terminaría siendo un nuevo libro. Tantos años de lucha sin cuartel, recibiendo injusticia sobre injusticia, dándome todo el mundo la razón, escandalizándose por el hecho de mi hijo y el hecho judicial, un caso que al principio los defensores de los acusados me daban todo lo que quisiera si retiraba la querella, incluso la señora juez, en cuanto a la primera querella contra mí por injurias y calumnias, me retiraba la multa de los seis millones de pesetas si me comprometía a dejar de perseguirlo, un recorrido lleno de marañas, persecuciones, amenazas, inves-tigación de bienes… ha finalizado con los asesinos de mi hijo siguiendo como si nada hubieran hecho, como si nada hubiera pasado, y los jueces que han violado todas las leyes, penales, civiles, sociales, Códigos deontológicos médicos, también han quedado en la total impunidad..

Haré una pequeña reflexión sobre el calificativo de “asesinos”, que algunas personas me reprochan. El diccionario de la lengua española dice: “Es asesino el que mata con premeditación y alevosía”. Para mí y para muchos, el que, aunque no sea su intención, sabe que con su actuación puede matar y no lo evita, que cuando a matado nada le ha importado haberlo hecho, que se ríe y se bula de su víctima y encima quiere culpar a otros “compañeros” del daño que él ha causado, es peor que el asesino propiamente dicho, porque al asesino propiamente dicho lo puedes ver venir y te puedes proteger de él, del otro no, porque utiliza el engaño, las malas artes, el abuso de confianza… El abuso de confianza que está tipificado en el Código Penal como agravante del delito criminal. Y, más abuso de confianza que en el caso de mi hijo, ya es imposible,

Yo, ya soy muy mayor, Señor, es decir, muy vieja, soy del 1930. No sé el tiempo que me pueda quedar de vida, paso de la media en que viven las mujeres, pero le aseguro que mientras me quede un halito de vida y mi cabeza me responda, seguiré hasta el final denunciado a los malvados que tan cruelmente hicieron sufrir y mataron a mi hijo, y a los malvados jueces que han protegido una actuación tan atroz. Si a los médicos les han calificado como calificaban a los médicos nazis, “los médicos del infierno”, a los jueces que han intervenido en al caso de mi hijo y han protegido descarada y cínicamente a los criminales de mi hijo, ya empiezan a calificarlos también, “los los jueces del infierno”.

En un tiempo que tenía un poco más de fuerza, con unas compañeras iniciamos una recogida de firmas para presentar al Congreso la petición de que a los jueces se les juzgara como a todas las demás personas. Hubo una buena acogida. Se tuvo que abandonar por problemas de salud, pero ahora que es mucho más fácil informar y recoger firmas, Internet es el mejor instrumento, nos plantamos iniciar la petición con la recogida de firmas de nuevo.

Hay la frase famosa que dice, “Si luchas puedes perder, si no luchas, ya has perdido” Quizás yo, ya no lo vea, pero tengo la esperanza de que llegará un día en que los jueces serán condenados cuando protegen actuaciones criminales y los criminales, vengan de donde vengan, también.

Si tenemos éxito en la recogida de firmas para llevar a cabo un cambio del sistema judicial, en el que la gente se sienta protegida por una justicia justa, se lo comunicaremos. Aunque yo no soy monárquica, Usted, me ofrece confianza.

Sólo un ruego antes de terminar, Majestad, vea usted las fotografías de mi hijo, ¡por favor!, y sobre todo, cuando presida la “Apertura del Año Judicial”, no se olvide de nosotros, las víctimas de negligencias médicas, o en algunos casos, de actuaciones criminales médicas como es en mi caso, las más indefensas y olvidadas. Piense que ningún título médico puede ser un pasaporte para engañar, estafar, matar y quedar impune. La vida humana es única, sagrada e inviolable, un bien protegido por la ley, y quien la siega gratuitamente debe pagar por ello con todo el peso de la ley. Segar vidas gratuitamente, segar ilusiones, segar esperanza, solo lo hacen las muy malas personas.

La sentencia dictada por la señora Alegret, dice: “Nada puede consolar a una madre de la muerte de un hijo ni una resolución judicial”. Es cierto, puesto que nada ni nadie le puede devolver la vida al hijo muerto, pero una resolución judicial justa, sin mentiras, falsedades, violaciones de la ley, sin proteger a tipos buenos discípulos de los médicos experimentadores de la Alemania Nazi, puesto que en el caso de mi hijo fue un experimento atroz, como hace en su propia sentencia la señora Alegret, dejaría descansar el puñal que se lleva clavado en el corazón y que no puede arrancarse nunca por más esfuerzos que hagas. El mismo que clavaron cobardemente a mi hijo, unos malditos que, si es verdad que Dios existe, tendrán que ir directamente a quemar en el infierno.

La muerte de un hijo es el dolor más grande que pueda existir. Y si debe ser duro que se muera por causas a las que todos podemos estar expuestos, como son las enfer-medades incurables, que te los maten a través de un atroz engaño, unos mal llamados médicos, provocándole, además, sufrimientos terribles no habiendo padecido ninguna enfermedad grave, resulta imposible de digerir, de perdonar, ni de olvidar. Sabe, en mi cabeza ha quedado gravado como con un hierro candente, aquel: “¡Ayúdeme, por favor! ¡Ayúdeme!”de mi hijo, que llorando y abrazado a su médico, le pedía por favor que le ayudara, que le ayudara ante tanto sufrimiento y quizás viendo que se iba a morir. O, aquella última mirada tan llena de sufrimiento, de miedo, de confusión…, como preguntando, aquel tantas veces preguntando y que nadie nunca le pudo contestar con la verdad: “¿Por qué, madre? ¿Por qué?”. La confianza que depositó en el doctor Guix, le hizo borrar de su subconsciente, todo lo relacionado con la Clínica DEXEUS.

Mi hijo era tan buena persona, que dentro de la demencia senil que le provocó la radiación, él, quería saber lo que le había pasado. Siempre preguntaba si había tenido un accidente con el coche, con la moto o una caída esquiando. Una vez me dijo: “Madre, oigo hablar de médicos y jueces, ¿es que algo de lo que me han hecho no ha salido bien? Si es así, madre, no quiero que les pase nada a los médicos. ¡Pobres! Si es así, lo habrán hecho sin querer y lo estarán pasando muy mal. ¡Prométeme que no les pasará nada!”. Él, no sabía lo que le habían hecho ni quiénes eran los médicos de los que estábamos hablando, pero sentía pena por unos médicos que lo podían estar pasando muy mal. Y, ellos, malditos, se rieron y burlaron de mi hijo en el juicio y como quedó plasmado en algunos medios de comunicación. “Si nos quieren denunciar que nos denuncien porque a nosotros nos da igual”. Esto es lo que dijeron cuando les comunicaron lo que habían hecho a mi hijo.

Termino, Señor, porque no cabe duda de que siempre que escribo sobre mi hijo, ya sean escritos largos o cortos, al final me voy poniendo muy nerviosa y terminaría diciendo palabrotas, que no quisiera en este caso o…, peor.

Esperando que no se olvide de nosotros, las víctimas de negligencias médicas y judiciales, y deseándole mucha suerte en su Reinado junto a su esposa Reina Leticia y sus encantadoras hijas, le saluda con el máximo respeto,

Isabel Ferragut Pallach

Barcelona, a 9 de Junio de 2015

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